
"Igual que estos, así debía de imaginarlos Svetlana" me digo a mi mismo mientras disfruto de mi ciudad. Todavía recuerdo cuando Svetlana me contó como disfrutaban "la naranja" que su madre les compraba por navidad a cada uno de sus hermanos. En la Polonia de los años 80s la naranja era un producto de lujo, algo delicioso que sólo se comía una vez al año, por navidad, y sólo una naranja por persona.
Y me acuerdo de ella paseando por mi ciudad, que luce unos naranjos tan esplendorosos como los de la foto. En verdad, me acuerdo aún más de los que desean naranjas, de todos los que disfrutaron en navidad de su única naranja y que ahora, alargando el brazo hacia cualquiera de estos naranjos, podrían coger alguno de los pequeños soles que cuelgan de sus ramas como si estuviesen en el edén.
Sin duda, pobres desgraciados, se darían con un canto en los dientes, o mejor dicho, con un fruto amargo y de mal sabor. ¿Por qué? Pues porque los naranjos que se plantan en las ciudades están seleccionados específicamente para dar un fruto amargo e incomestible. Se hace así para que la gente que todavía ve en las naranjas un tesoro no las arranque de los árboles y puedan así, como pequeños soles, seguir iluminando nuestras avenidas y calles mediterráneas.
Paseando estas navidades por una de estas calles me sorprendo de este absurdo. Las naranjas son incomestibles para que no las coman aquellos que quieren comerlas. Y lo hacemos así porque la belleza de nuestras calles es más importante que su deseo de alimentarse. De hecho, si nadie desease esas naranjas, nadie las cogería y no habría necesidad de que fuesen incomestibles.
Y entonces me acuerdo de la Svetlana que era niña allá en Polonia, ¿qué habría pensado ella de todo esto?
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Sin duda, pobres desgraciados, se darían con un canto en los dientes, o mejor dicho, con un fruto amargo y de mal sabor. ¿Por qué? Pues porque los naranjos que se plantan en las ciudades están seleccionados específicamente para dar un fruto amargo e incomestible. Se hace así para que la gente que todavía ve en las naranjas un tesoro no las arranque de los árboles y puedan así, como pequeños soles, seguir iluminando nuestras avenidas y calles mediterráneas.
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