Siempre creí que el igualitarismo era el origen de mi recelo hacias las “zonas VIP”, “salas first class” o servicios “corporate”. Sin embargo, estas navidades mientras esperaba en mi asiento a que despegase el avión pensaba sobre el concepto de Very Important Person, y sucedáneos, intentando entender por qué lo detesto.
Al final concluí que sí me gusta que haya servicios VIP o un trato especial para ciudadanos “importantes” porque el quid de la cuestión es qué consideramos importante. Para mí, por poner algún ejemplo, importantes serían los donantes de órganos o sangre, ex drogadictos que hayan empezado una nueva vida o mismamente cualquier persona que actúe por altruismo. ¿Acaso no merecen, ocasionalmente, todas estas personas un trato preferente? ¿No merecen una muestra de agradecimiento colectivo por sus actos en favor de la comunidad?
Y pensando antes de despegar concluí que mi repulsión por “lo VIP” no viene de que haya un trato especial hacia otros sino de que ese trato no se basa en haber servido a la comunidad o en ser un “buen ciudadano”. Simplemente emana de poder pagarlo, de aceptar que el dinero es lo que valemos, de que sólo somos importantes si podemos pagar por ello.
Pero lo más importante es que podemos cambiar el chip, que entendamos que no necesariamente debe de ser así. Todo depende de que consideramos lo más importante y de quienes se merecen esa importancia. Cuestionarnos el statu quo tal vez sea el primer paso para cambiarlo.
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